CAMINO DE EMAÚS

“…Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado. Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su lado…” (LC 24, 13-35).

EMAUSComo los de Emaús, también nosotros necesitamos compañeros de camino capaces de aproximarse y escuchar sin precipitar respuestas. Compañeros de camino que se hagan cargo de nuestro dolor e iluminen nuestra experiencia vital… Compañeros que hagan con nosotros la larga travesía de la noche del dolor, de la enfermedad, del sinsentido, compañeros que no nos reprochen lo que nos cuesta aceptar el aguijón de la muerte, de la enfermedad, de la tragedia, de la cruz, de la ausencia.

Compañeros que vayan caldeando nuestro corazón a fuerza de su ternura, su compasión, su paciente espera, su inquebrantable fidelidad, su abnegado y gratuito amor.

Los de Emaús también somos nosotros cuando, a pesar de ser de noche, hemos continuado escudriñando las Escrituras y los signos de los tiempos…Y nos nacen los ojos de reconocerle Presente, y nos nace el corazón de celebrarle en viva Eucaristía… Y volvemos de nuevo a la fraternidad abandonada… Sabremos reconocerle cuando al partir el Pan nos rompamos en servicio, haciéndonos Eucaristía.

No estamos solos; Él está siempre con nosotros en el camino de la vida, como “huesped y peregrino”, como compañero de camino. “Quédate con nosotros, Señor Jesús, porque atardece… Sé nuestro compañero de camino, levanta nuestros corazones, reanima nuestra débil esperanza…”.

CAMINO DE EMAÚS

Porque es tarde, Dios mío,
porque anochece ya
y se nubla el camino;
porque temo perder
las huellas que he seguido,
no me dejes tan solo
y quédate conmigo.

Porque he sido rebelde
y he buscado el peligro,
y escudriñé curioso
las cumbres y el abismo,
perdóname, Señor,
y quédate conmigo.

Porque ardo en sed de Ti
y en hambre de tu trigo,
ven, siéntate a mi mesa;
bendice el pan y el vino.
¡Qué aprisa cae la tarde!
¡Quédate al fin conmigo!

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