AÑO DE LA FE


No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16)”

El pasado 11 de octubre de 2011, S.S.Benedicto XVI -por medio de la Carta Apostólica (Motu proprio) PORTA FIDEI–   decidió convocar un “Año de la fe”:

“Comenzará el 11 de octubre de 2012en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano IIy terminará en la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el 24 de noviembre de 2013En la fecha del 11 de octubre de 2012, se celebrarán también los veinte años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, promulgado por mi Predecesor, el beato Papa Juan Pablo II, con la intención de ilustrar a todos los fieles la fuerza y belleza de la fe. Este documento, auténtico fruto del Concilio Vaticano II, fue querido por el Sínodo Extraordinario de los Obispos de 1985 como instrumento al servicio de la catequesis, realizándose mediante la colaboración de todo el Episcopado de la Iglesia católica. Y precisamente he convocado la Asamblea General del Sínodo de los Obispos, en el mes de octubre de 2012, sobre el tema de La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Será una buena ocasión para introducir a todo el cuerpo eclesial en un tiempo de especial reflexión y redescubrimiento de la fe”.

“He pensado que iniciar el Año de la fe coincidiendo con el cincuentenario de la apertura del Concilio Vaticano II puede ser una ocasión propicia para comprender que los textos dejados en herencia por los Padres conciliares, según las palabras del beato Juan Pablo II, «no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia. […] Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza»…”.

Los contenidos esenciales que desde siglos constituyen el patrimonio de todos los creyentes tienen necesidad de ser confirmados, comprendidos y profundizados de manera siempre nueva, con el fin de dar un testimonio coherente en condiciones históricas distintas a las del pasado.

«Caritas Christi urget nos» (2 Co 5, 14): Es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, Él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt 28, 19).

Esperamos que el testimonio de vida de los creyentes sea cada vez más creíble. Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada, y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, es un COMPROMISO QUE TODO CREYENTE DEBE DE HACER PROPIO, sobre todo en este Año.

LA FE IMPLICA UN TESTIMONIO Y UN COMPROMISO PÚBLICO. EL CRISTIANO NO PUEDE PENSAR NUNCA QUE CREER ES UN HECHO PRIVADO.

La misma profesión de fe es un acto personal y al mismo tiempo comunitario. «“Creo”: Es la fe de la Iglesia profesada personalmente por cada creyente, principalmente en su bautismo. “Creemos”: Es la fe de la Iglesia confesada por los obispos reunidos en Concilio o, más generalmente, por la asamblea litúrgica de los creyentes.

El conocimiento de los contenidos de la fe es esencial para dar el propio asentimiento, es decir, para adherirse plenamente con la inteligencia y la voluntad a lo que propone la Iglesia.

Para acceder a un conocimiento sistemático del contenido de la fe, todos pueden encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica un subsidio precioso e indispensable. Es uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II. En la Constitución apostólica ‘Fidei depositum’, firmada precisamente al cumplirse el trigésimo aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, el beato Juan Pablo II escribía: … Lo declaro como regla segura para la enseñanza de la fe y como instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial».

Tendremos la mirada fija en Jesucristo, la alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte… todo tiene su cumplimiento en el misterio de SU ENCARNACIÓN, de su hacerse hombre, de su COMPARTIR CON NOSOTROS LA DEBILIDAD HUMANA PARA TRANSFORMARLA CON EL PODER DE SU RESURRECCIÓN. En él, muerto y resucitado por nuestra salvación, se iluminan plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos mil años de nuestra historia de salvación.

El Año de la fe será también una buena oportunidad para INTENSIFICAR EL TESTIMONIO DE LA CARIDAD… La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino…Muchos cristianos dedican sus vidas con amor a quien está solo, marginado o excluido, como EL PRIMERO A QUIEN HAY QUE ATENDER Y EL MÁS IMPORTANTE QUE SOCORRER, PORQUE PRECISAMENTE EN ÉL SE REFLEJA EL ROSTRO MISMO DE CRISTO: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40).

Compañera de vida que nos permite distinguir con ojos siempre nuevos las maravillas que Dios hace por nosotros… nos compromete a CADA UNO A CONVERTIRNOS EN UN SIGNO VIVO DE LA PRESENCIA DE CRISTO RESUCITADO EN EL MUNDO.

Lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el TESTIMONIO CREÍBLE de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin. «Que la Palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada» (2 Ts 3, 1): Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en Él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe; la salvación de vuestras almas» (1 P 1, 6-9).

Pulsando aquí (AÑO DE LA FE) se accede directamente a la página especial de la web  del Vaticano con todos los documentos e intervenciones específicos emanados de la Santa Sede.

Confiemos a la Madre de Dios, proclamada «bienaventurada porque ha creído» (Lc 1, 45), este tiempo de gracia.