¡¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?!!

Y alrededor de la hora nona clamó Jesús con fuerte voz «Dios mío, Dios mio por que me has desamparado’ (Mt 27,46).

Es una oración tomada del salmo 22, que probablemente recitó completo y en arameo (Eli, Eli, lama sabachthani!!), lo cual explica la confusión de los presentes que creyeron ver en esta súplica una llamada de auxilio a Elías. Éste es un acto de profunda soledad y sentido de alejamiento de su Padre. Esta palabra pronunciada por el hombre crucificado es, más que un reproche hacia Dios, la oración del justo que sufre y espera en Dios; Jesús, en lugar de desesperar y olvidarse de Dios, clama al Padre pues confía en que Él lo escucha.

Desde comienzos del cristianismo la tradición ha aplicado este Salmo al mismo Jesús, pues es imposible no notar las similitudes generales como el acecho de sus enemigos, la humillación, el sufrimiento. Algunos aspectos son más puntuales y concretos, como el paladar seco, los huesos dislocados, las burlas, el polvo de muerte y especial mención lleva el reparto de sus vestiduras y el sorteo de su túnica.

Salmo 22

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Al verme, se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza: «Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; que lo libre, si tanto lo quiere.»

Me acorrala una jauría de mastines, me cerca una banda de malhechores; me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos.

Se reparten mi ropa, echan a suertes mi túnica. Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.

Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré. Fieles del Señor, alabadlo; linaje de Jacob, glorificadlo; temedlo, linaje de Israel.

Clavado en la cruz, Jesús recita las palabras de este salmo, palabras del hombre sufriente, acosado y golpeado por sus enemigos. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Es el clamor de muchas personas que sufren hoy; es quizás también nuestro clamor cuando las dificultades nos aprietan y no vemos una salida. Sentirse abandonado por Dios es la soledad más profunda, más hiriente y completa. Jesús, tan humano como nosotros, no fue ajeno a este dolor. Un dolor que va más allá de lo físico y lo emocional. Es el sufrimiento espiritual, el zarpazo del abismo, la amenaza del vacío.

Días después de su entrada triunfal en Jerusalén, ahora vemos a Jesús abatido y vencido. Su misión puede parecer una derrota. Los versos del salmo reproducen cuanto le sucede: lo cercan, lo arrestan, le taladran pies y manos, se reparten su ropa. No sólo lo atacan a él, sino que lo despojan de todo cuanto tiene y de su dignidad. La burla y el reparto de ropas expresan muy bien esa crueldad absurda que se mofa del vencido, que se ensaña sobre el hombre caído.

Y, sin embargo, el salmo acaba con una alabanza a Dios. ¿Cómo es posible?

Después de desahogar su dolor, vemos cómo el salmista da un giro radical en los últimos versos: “Contaré tu fama a mis hermanos”, “Te alabaré”. El que antes se lamentaba, ahora alaba a Dios. Y no sólo esto, sino que invita a los demás a hacer lo mismo: “Glorificadlo, temedlo…” Esta es una auténtica proclamación de fe. Porque la fe es auténtica cuando cree sin tener evidencia alguna, o contra toda evidencia. Es en medio de las tormentas cuando la fe brilla más, porque es justamente una bandera de esperanza contra toda esperanza.

Jesús, en la cruz, se confía a las manos de Dios Padre. Tras el grito de dolor, ¡tan humano!, hay un abandono confiado en Aquel que sabemos que nos ama. Que sufre con nosotros. Que muere con nosotros.

Esta es la imagen de Jesús clavado en cruz: la de un Dios paciente y cercano que comparte con nosotros la máxima fragilidad, el máximo dolor, el máximo límite: la muerte.

Pero, como sugieren las últimas palabras del salmo, Dios responderá a nuestra fe y dará un giro a nuestra existencia. La muerte no es el fin definitivo.

Jesús también venció esa última estocada del mal: la tentación de desesperarse, de dejar de creer. En la misma cruz, su súplica angustiada con las palabras del Salmo es al mismo tiempo señal de que sigue confiando en su Padre. ¿Cómo podría clamar a Él, si no creyera que le escucha?

Cuando somos capaces de confiar en Dios hasta el extremo, hasta las circunstancias más difíciles y penosas, entenderemos estos versos dramáticos y la escena de Jesús, muriendo en cruz. Entenderemos que hemos de pasar por una muerte para resucitar. Esa muerte se traducirá en cambios profundos en nuestra vida, incluso cambios en nuestra forma de ser y de pensar. Mantener la fe a toda prueba nos templa como el fuego. Y nos hace personas nuevas, más libres, más vivas. Resucitadas.

Estos días de Semana Santa nos invitan a descubrir el sentido oculto del dolor y a buscar la curación de toda herida humana, corporal y espiritual. Encontraremos la respuesta en el amor y en la entrega sin límites, un amor como sólo Dios puede darnos. El amor que nos mostró Jesús.

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