En la Solemnidad de la Inmaculada Concepción

Inmaculada-RnAlégrate, llena de gracia, el Señor está contigo…” (Lc 1, 28).

En Santa María está el inicio de nuestra salvación, de ella nace Jesucristo, el vencedor del Maligno. Ella fue la elegida por Dios para que fuera su madre. En ella pensó desde la eternidad como pieza clave de la Redención… Paro eso la colmó con su gracia, la hizo inmaculada desde el momento de ser concebida, sin que la mancha del pecado original empañara el brillo de su grandeza. Fue la excepción de la regla, según la cual todos los descendientes de Adán participaban de su pecado.

El pueblo cristiano se pronunció por esta verdad antes de que la Iglesia,  a través del Papa y los Obispos, se pronunciaran por esa verdad que, aunque no está expresamente revelada en las Escrituras, sí se contiene implícitamente en el relato de la promesa de redención por medio del descendiente de la Mujer y en el saludo que el arcángel Gabriel, “Llena de gracia”, dirige a la Virgen… El recuerdo vivo de estos hechos nos llenan de paz y de alegría, y también de amor a nuestra Madre inmaculada.

En medio del Adviento irrumpe con alegría la fiesta de María Inmaculada para recordarnos que nuestra esperanza no es vana, que es posible vivir el proyecto de Dios, que María, una de los nuestros, lo hizo realidad en su vida, desde el principio hasta el final, no sin dificultades, pero lo hizo.

El proyecto de Dios es posible en cada uno de nosotros. Para ello es importante que nos fijemos en las virtudes que hicieron posible que María fuera el “espacio” donde la Palabra pudiera encarnarse. Esas virtudes se convierten en una invitación en este tiempo de adviento a seguir allanando los caminos para dejar que Dios venga a nuestras vidas de manera total y plena.

La respuesta de María al proyecto de Dios para ella es la disponibilidad. Aquí estoy, para lo que haga falta, para lo que Dios necesite de mi, “que se haga en mí según su Palabra”. Una disponibilidad que va más allá de lo que ella es incapaz de entender, pero que nace de saber que para ella todo lo que venga de Dios es, con mucho, lo mejor.

María es Inmaculada porque vive con un corazón limpio y puro, sin una sola mancha, impecable, purísima, santa, desde el principio hasta el final de su vida. Nosotros hoy la ponemos como ejemplo a seguir y le pedimos que interceda por nosotros ante Dios y que nos ayude a vivir en nuestra vida esas virtudes que la convierten en nuestra Madre del Cielo, en ejemplo de mujer de fe y colaboradora en el proyecto de Dios hasta el final.

María vive su respuesta a Dios desde el servicio a los más necesitados. Y la primera con la que lo demuestra es con su prima Isabel, a la que se va a servir y ayudar hasta que nazca su hijo. María vive la pobreza y la necesidad al tener a su hijo en un pesebre, a la intemperie, teniendo que huir a Egipto a los pocos días. María es capaz de empatizar con los más necesitados porque lo ha experimentado. María nos enseña también la aceptación del dolor, ya que ella experimentó el paso redentor por el dolor del corazón de un madre rota al ver asesinar a su hijo. María es Madre de los Dolores, Madre al pié de la Cruz, y Madre de la alegría en la mañana de la Pascua.

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