FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA (31 de diciembre)

LA FAMILIA, HOGAR QUE ACOGE, ACOMPAÑA Y SANA

sgda familia 2017_cartel-1-336x480El misterio de la Navidad nos sitúa ante el portal de Belén, contemplando a Dios hecho carne. Es un acontecimiento que nos invita a acoger a la Palabra que acampa entre nosotros, de abrir el corazón a Dios encarnado en la fragilidad y ternura de un niño. Es una invitación a la acogida llena de afecto y agradecimiento.

En este contexto, el 31 de diciembre celebramos la fiesta de la Sagrada Familia, que tiene como lema este año “La familia, hogar que acoge, acompaña y sana”:

  1. La acogida o la hospitalidad, virtud familiar

El mismo Señor en el evangelio de san Mateo afi­rmará: «el que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que recibe, recibe al que me ha enviado» (Mt 10, 40). Acoger a otro, acoger a Jesús, acoger al Padre, todo ello apunta a una dimensión intrínsecamente trascendente unida a la acción de acogida, de modo que siempre remite a algo mayor. Podemos recordar que Betania es el lugar donde Cristo es recibido como un amigo por la familia de Marta, María y Lázaro. Allí Jesús se encuentra como en casa.

Los padres y las familias están llamados a acoger generosamente a los hijos. Como a­firma el papa: «la familia es el ámbito no solo de la generación, sino de la acogida de la vida que llega como regalo de Dios» (Amoris laetitia, n.166). Tener un hijo es siempre un don, fuente de gozosa alegría. Los matrimonios y las familias están invitados también a acogerse mutuamente. La hospitalidad es una virtud profundamente familiar ¡Cuánto necesita el ser humano contemporáneo, dentro de un espacio social mutante, donde se siente tantas veces como un solitario interconectado, la experiencia cálida de ser querido y acogido por sí mismo!

En los albores del cristianismo san Pablo exhorta vivamente a los cristianos de Roma a practicar la hospitalidad (Rom 12, 13), capaz de generar un ambiente comunitario presidido por la humildad, el servicio mutuo, la caridad y la estima recíproca.

Los ojos de la fe permiten reconocer en el otro la imagen de Dios: «La fe no sólo mira a Jesús, sino que mira desde el punto de vista de Jesús» (Lumen Fidei, 18)

  1. La familia, primer lugar de acompañamiento

La experiencia de muchas personas es que el primer lugar en el que somos acompañados es la familia. Aquí encuentra su raíz la vocación misionera de la familia. Las familias son invitadas por Dios a acompañar en la fe y en la vida a los que les rodean, ofreciendo cercanía y aliento de una vida familiar transida de la presencia viva de Jesús. Aunque son muchas las familias que ya han reconocido esta misión que Dios les encomienda, todavía hay muchas más que no han descubierto esta hermosa vocación y misión de acompañar a otras familias. Es Cristo quien nos enseña el arte del acompañamiento. Como aconteció en el camino de Emaús (Lc 24, 13-35), la Palabra de Dios y los sacramentos son dos referencias fundamentales para aprender a acompañar. En la cercanía y trato personal, en ese “cuerpo a cuerpo”, se ejercita la paciencia de escuchar a los demás. La persona del diálogo es quien sabe escuchar con atención y verdadero interés. A la escucha le sigue el anuncio gozoso del Evangelio, la experiencia de que la Palabra de Dios es capaz de transformar el corazón íntimamente unido a la acción sacramental. El fundamento de todo acompañamiento es el deseo del amor verdadero. El cultivo de las relaciones interpersonales, viviendo, conversando, transmitiendo las claves del sentido de la vida. Capital importancia tiene hoy el acompañamiento de los novios en la preparación próxima y de los primeros años de matrimonio.

Junto a estos procesos, que son vitales para la madurez en el amor, es urgente también el acompañamiento de los matrimonios que sufren porque no vienen los hijos, de las familias que padecen situaciones dramáticas como la separación, el divorcio, el aborto, la soledad, la enfermedad, la muerte, la guerra…tantas y diferentes situaciones en las que se agradece tanto la presencia y la compañía de los amigos, de las familias que no abandonan a las personas en las di­ficultades, sino que saben estar ahí y son fuente de consuelo y ­firme esperanza.

  1. La familia, sanada y sanadora

Jesús es invocado con el título de Salvador, que literalmente signi­fica ‘el que trae la buena salud’. Cristo es el verdadero samaritano (Lc 10, 25-37) que cura al hombre que yace malherido al borde del camino. Él nos carga sobre sus hombros y nos conduce a la posada de la Iglesia. San Ireneo de Lyon identifi­ca al hospedero (stabularius) con el Espíritu Santo. La familia, como Iglesia en miniatura, está llamada hoy más que nunca a ser posada en el que las personas heridas puedan recuperar la salud. De este modo el poder curativo y sanador de Jesús ha de llegar a muchas personas heridas en sus vínculos y relaciones familiares. El aceite y el vino de la parábola del Buen Samaritano se interpretan como los sacramentos que curan la debilidad humana. Los antiguos conocían el valor terapéutico de la mezcla de ambos líquidos. De este modo, la misericordia que brota del amor de Dios, encuentra su primera y principal manifestación en los sacramentos como acciones de Cristo en la Iglesia. Los sacramentos contienen una virtud medicinal, reparativa y sanante de los daños causados por el pecado. La familia ha de dejarse transformar y puri­ficar por la lógica sacramental para vivir su adhesión a Cristo, pues, como afi­rma san Juan: «Todo el que tiene esta esperanza en él se puri­fica a sí mismo, como él es puro» (1 Jn 3, 3).

Celebremos, por tanto, con gozo y agradecimiento el día de la Sagrada Familia. Demos gracias a Dios por el don grande que nos ha hecho en el sacramento del matrimonio y en la realidad familiar. Pidamos a la Sagrada Familia que ayude a todas las familias del mundo a ser lugar de encuentro, de acompañamiento, de sanación, en una palabra, a hacer presente el misterio del amor de Cristo en nuestra experiencia cotidiana.

Esta entrada fue publicada en Fiestas litúrgicas. Guarda el enlace permanente.