MAYO, MES DEDICADO A MARÍA

María, que por la gracia de Dios, después de su Hijo, fue exaltada por encima de todos los ángeles y los hombres, en cuanto que es la Santísima Madre de Dios, que tomó parte en los misterios de Cristo, con razón es honrada con especial culto por la Iglesia. Y, en efecto, desde los tiempos más antiguos la Bienaventurada Virgen es honrada con el título de “Madre de Dios”,  a cuyo amparo los fieles en todos sus peligros y necesidades acuden con sus súplicas.

Especialmente desde el Concilio de Éfeso (431), el culto del pueblo de Dios hacia María creció admirablemente en la veneración y el amor, en la invocación e imitación, según las palabras proféticas de ella misma: “Me llamarán bienaventurada todas las generaciones, porque hizo en mí cosas grandes el Poderoso” (Lc., 1, 48).

Inmaculada-RnVeinte años después, el Concilio de Calcedonia (451) definía el título de Madre de Dios como dogma. Pero también aquí la finalidad principal era la de definir la doctrina exacta sobre Jesús, verdadero Dios, encarnado en el vientre de María Virgen. Así se quiso defender y reconocer la Divinidad de Jesús, Hijo de María.

Este culto, tal como existió siempre en la Iglesia aunque es del todo singular, difiere esencialmente del culto de adoración, que se da al Verbo Encarnado lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo, y lo promueve poderosamente. Pues las diversas formas de la piedad hacia la Madre de Dios, …hacen que mientras se honra a la Madre, el Hijo, en quien fueron creadas todas las cosas (cf. Col., 1, 15-16) y en quien “tuvo a bien el Padre que morase toda la plenitud” (Col., 1, 19), sea debidamente conocido, amado, glorificado y sean cumplidos sus mandamientos.

La presencia de María en la vida de la Iglesia y del cristiano es algo permanente. Es como la presencia de la madre en una familia. El pueblo cristiano siente una especial devoción por la Virgen Santísima. Nos encontramos en la “tierra de María Santísima”, como expresó S. Juan Pablo II en distintas ocasiones al visitar España: «El mes de mayo nos estimula a pensar y hablar de modo particular de Ella. En efecto, este es su mes. Así pues, el período del año litúrgico [Pascua], y el corriente mes llaman e invitan nuestros corazones a abrirse de manera singular a María» (Juan Pablo II, Mayo 1979).

Es el mes en que, en los templos y en las casas particulares, sube a María desde el corazón de los cristianos el más ferviente y afectuoso homenaje de su oración y veneración. Es también el mes en el que desde su trono descienden hasta nosotros los dones más generosos y abundantes de la Divina Misericordia”(Pablo VI, ‘Mense Maio’).

Se ha convertido en una ocasión catequética para profundizar la verdadera devoción a María y para una revisión de la vida cristiana. Hoy el mes de mayo es una oportunidad de revitalización en la fe. María sigue diciendo en este mes a muchos creyentes: “Haced lo que Él os diga”.

Es importante que la devoción mariana no quede al margen del tiempo litúrgico y de su celebración. La ‘Marialis Cultus’ (Exhortación Apostólica de Pablo VI, 2 de febrero de 1974) es muy clara cuando dice: “El año mariano ha de intentar ver a María en relación con la historia de la salvación, es decir, con la celebración del misterio pascual de Cristo… Así pues, la catequesis y la oración estarán orientadas a la existencia pascual de Cristo y a la novedad del Espíritu” (MC 35). Se trata, pues, de presentar a María como modelo de creyente y como Auxiliadora del pueblo cristiano.

El mismo Concilio Vaticano II, que dedica todo un capítulo de la Constitución Dogmática ‘Lumen Gentium’ a la Bienaventurada Virgen María, Madre De Dios, en el Misterio de Cristo y de la Iglesia, expresa:

“…Cultiven generosamente el culto, sobre todo litúrgico, hacia la Bienaventurada Virgen, como también estimen mucho las prácticas y ejercicios de piedad hacia Ella…la verdadera devoción no consiste ni en un afecto estéril y transitorio, ni en vana credulidad, sino que procede de la fe verdadera, que nos lleva a reconocer la excelencia de la Madre de Dios y nos excita a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes.

Ofrezcan todos los fieles súplicas insistentes a la Madre de Dios y Madre de los hombres, para que Ella, que estuvo presente a las primeras oraciones de la Iglesia, ensalzada ahora en el cielo sobre todos los bienaventurados y los ángeles, en la comunión de todos los santos, interceda también ante su Hijo para que las familias de todos los pueblos, tanto los que se honran con el nombre cristiano, como los que aún ignoran al Salvador, sean felizmente congregados con paz y concordia en un solo Pueblo de Dios, para gloria de la Santísima e individua Trinidad”.

“Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios. No deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita!!” 

(Esta es la oración más antigua que se conoce a la Virgen María).

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