Octavario por la UNIDAD DE LOS CRISTIANOS

“…Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros…” (Jn 17, 20-21).

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Del 18 al 25 de enero se celebra esta tradicional convocatoria ecuménica, por la unidad visible de la Iglesia, Cuerpo de Cristo. El octavario concluye precisamente el 25 de Enero, festividad de la Conversión de San Pablo. El verdadero motivo para la unidad no nace de unas circunstancias históricas que la hacen más “útil” o más conveniente: nace de la voluntad de Dios y de la oración de Cristo, que pidió al Padre esa unidad “para que el mundo crea”“No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 20-21). Esa voluntad de Dios corresponde, además, perfectamente con el deseo de unidad que llevamos inscrito en el corazón, unidad de la que la Iglesia es, en Cristo, signo e instrumento eficaz (cf. Lumen Gentium, 1).

Fue tu diestra quien lo hizo, Señor, resplandeciente de poder» (Ex 15, 6)

El Octavario por la unidad de los cristianos, la semana del 18 al 25 de enero, nos llama un año más a orar por la restauración de la unidad visible de la Iglesia. Desde hace ya algunos años el Consejo Ecuménico de las Iglesias y el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos vienen encomendando los materiales de oración para esta semana de intensa plegaria ecuménica a Iglesias y Comunidades eclesiales confesionales diversas de alguna región geográfica. En esta ocasión, para la semana de oración de 2018 se lo han pedido a las Iglesias y comunidades de la región del Caribe, y los materiales vienen cargados de la historia de poblaciones que fueron en gran medida objeto de la trata de esclavos durante los siglos de colonización, que han dado como resultado una realidad política y social compleja y, según los materiales, «con distintas formas de organización constitucional y gubernamental, que van desde la dependencia colonial —británica, holandesa, francesa y americana— a repúblicas nacionales».

El contingente poblacional descendiente de esclavos está integrado por gentes cristianas en gran mayoría, aunque de muy distintas confesiones, unos católicos y otros miembros de las congregaciones protestantes históricas y en los últimos años miembros de comunidades evangelistas carismáticas y neo-pentecostales. Todos se han puesto de acuerdo para pedir a las Iglesias y Comunidades eclesiales que durante el Octavario no olvidemos su historia, porque como los israelitas fueron liberados de la esclavitud del Faraón, tras pasar por la opresión de los egipcios, la travesía del Mar Rojo y las pruebas del desierto, el pueblo de Dios alcanzó la meta deseada de la tierra prometida y, con ella, la libertad. Esta apelación a la historia de la salvación es para ellos fundamental y nos invitan a ver en la semana de oración por la unidad un tiempo de gracia en el cual, inspirados por la gesta liberadora de Dios, que arrancó a su pueblo de la esclavitud para llevarlo a la meta de la tierra prometida, no desfallezcamos en las pruebas que hemos de pasar camino de la unidad deseada de la Iglesia. Los israelitas reconocieron que solo Dios fue el verdadero protagonista de su libertad, y por eso el cántico de María, la hermana de Moisés, tras el paso del Mar Rojo, lo celebra exultante de gozo: «Fue tu diestra quien lo hizo, Señor, resplandeciente de poder» (Ex 15, 6).

También ahora el logro consumado de la unidad de la Iglesia solo puede venir de Dios. No puede ser obra nuestra, aunque no se alcance sin nosotros, porque Dios quiere nuestra colaboración con este empeño que es voluntad de Cristo. Jesús oró al Padre en la noche de la última Cena con la intensidad emocional y el anhelo de la despedida por la unidad de sus discípulos: «Te pido, Padre, que todos vivan unidos. Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros. De este modo el mundo creerá que tú me has enviado» (Jn 17, 21).

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