PENTECOSTÉS

El Espíritu Santo fuerza viva de la Iglesia. La solemnidad de Pentecostés corona los cincuenta días de la fiesta de la Pascua. Es la plenitud de la Pascua. Jesús había prometido a sus apóstoles el Espíritu Santo, y hoy cumple su promesa. El Espíritu Santo estuvo presente en el comienzo de la vida pública de Jesús, y estuvo presente también en el inicio de la actividad misionera de la Iglesia

Cincuenta días después de la Pascua, un viento impetuoso sopló sobre Jerusalén y la llama del Espíritu Santo bajó sobre los discípulos reunidos en torno a María, la Madre de Jesús, se posó sobre cada uno y encendió en ellos el fuego divino, un fuego de amor, capaz de transformar.

pent15El miedo desapareció, el corazón sintió una fuerza nueva, las lenguas se soltaron y comenzaron a hablar con franqueza, de modo que todos pudieran entender el anuncio de Jesucristo muerto y resucitado. En Pentecostés, donde había división e indiferencia, nacieron unidad y comprensión. Como cristianos debemos vivir según el Espíritu de unidad y de verdad. Y por esto debemos pedir al Espíritu que nos ilumine y nos guíe a vencer la fascinación de seguir nuestras verdades y a acoger la verdad de Cristo transmitida en la Iglesia. El relato evangélico nos dice que Jesús, antes de subir al cielo, pidió a los apóstoles que permanecieran juntos para prepararse a recibir el don del Espíritu Santo. Y ellos se reunieron en oración con María en el cenáculo a la espera del acontecimiento prometido. Reunida con María, como en su nacimiento, la Iglesia también hoy reza: «Veni Sancte Spiritus!», «¡Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor!».

La Iglesia comenzaba a vivir y lo hizo deprisa. Nunca un movimiento religioso se había extendido con la celeridad que lo hizo esta Iglesia nuestra en sus primeros años de existencia. Hoy dos mil años después descubrimos la misma presencia que nos hace sentir que el Espíritu está en nosotros hoy, que seguimos el mandato del Señor Jesús de llevar su Palabra hasta los confines del mundo

venescDejemos que el Espíritu renueve nuestros corazones, encienda su luz en nosotros, que penetre en nuestra alma y sea nuestro consuelo, que nos enriquezca y llene nuestro vacío, que nos envíe su aliento para vencer el pecado. Los dones que nos regala son actuales.

El don de SABIDURÍA nos capacita para distinguir la realidad de la fantasía, nos hace encontrar el secreto de la felicidad: la entrega total a Dios. La INTELIGENCIA nos ayuda a distinguir los signos de los tiempos y aceptar los cambios necesarios. El CONSEJO nos da la posibilidad de descubrir cuál es el buen camino que hay que seguir. La PIEDAD nos ayuda a vivir la espiritualidad y nos aleja del materialismo. La CIENCIA nos permite descubrir cómo son las cosas, aunque no nos dé el sentido último de las mismas que nos viene por la fe. El TEMOR DE DIOS, entendido como debe ser, nos hace realizar por amor lo que Dios espera de nosotros. La FORTALEZA es necesaria para asumir compromisos auténticos sin miedo al mañana. Jesús nos da las arras del Espíritu, que son una garantía de la vida eterna que nos promete. En la antigüedad las arras daban fe cuando se hacía un negocio de que lo prometido se iba a cumplir. Siéntete enviado por Jesús a anunciar la Buena Nueva con la ayuda del Espíritu Santo para conseguir de verdad la vida eterna.

Los frutos del Espíritu son innumerables, pero la tradición de la Iglesia ha enumerado, siguiendo a San Pablo, doce: caridad, gozo, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia y castidad (Gal 5, 22-23). Toda persona que ponga al servicio de la comunidad los dones y frutos del Espíritu que él posea está haciendo un gran servicio a la comunidad cristiana y a la comunidad en general, porque está haciendo presente y visible en el mundo la vida de Cristo.

Envía de nuevo, Señor, tu Espíritu para que renueve la faz de la tierra. Necesitamos que nos siga sosteniendo su fuerza, que nos siga encendiendo el fuego de su amor, a fin de ser brasas encendidas que iluminen y caldeen a este nuestro viejo mundo, tan frío y tan oscuro. Haz que cada uno de los que hemos sido bautizados seamos testigos del Evangelio, profetas que anuncian con su vida, más que con palabras, ese mensaje de fuego con el que Cristo quiso incendiar al mundo.

Pidamos, hoy y siempre, la fuerza del Espíritu Santo para que nos ayude a vivir nuestro ser cristianos desde una experiencia fuerte de Dios en nuestras vidas y desde la certeza de sentirnos enviados a anunciar eso mismo que nosotros vivimos.

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