Solemnidad del BAUTISMO DEL SEÑOR

“Los cielos se abrieron y se oyó la voz del Padre: Ese es mi Hijo, el amado; escuchadle”  (Mc 1,11).

La Solemnidad del Bautismo del Señor es el final del tiempo de Navidad y frontera con el tiempo ordinario. No hemos tenido ni un sólo un día entre la Epifanía y el Bautismo. Eso nos hace recapacitar sobre los frutos del tiempo de Navidad. Pasamos de contemplar al Niño recién nacido a admirar la figura de un Cristo en plena madurez, a punto de inciar su vida pública. La llegada de Jesús es un tiempo y un modo de conversión que se produce, incluso, aunque nosotros no queramos. La huella de Belén está en nuestros corazones y conforma nuestras almas en la cercanía a Dios. Esta  fiesta del Bautismo del Señor es, además, una manifestación de la Trinidad Santa: Padre, Hijo y Espíritu están perfectamente visibles, muy nítidos. Y esa presencia trinitaria en nosotros nos envía a cumplir nuestra misión.

EN EL INICIO DEL TIEMPO ORDINARIO

El tiempo ordinario que iniciamos tras la Navidad ha de ser etapa de trabajo por el Reino y por los hermanos, abrirnos a nuevas misiones y colaborar con renovados empeños para acercarnos más y más al mensaje de Jesús.

El Papa Benedicto XVI, con motivo del Año de la Fe, recordaba que para ser testigos de Cristo, primero, hay que conocerlo, sentirlo y vivirlo personalmente. Y es que, el Bautismo, lejos de ser un rito ha de ser un punto de salida de una vida de fe cimentada, asentada, consolidada y enriquecida en Cristo.

El Niño, al que visitaron humildemente los pastores; al que reverenciaron los magos para abrir su historia y su nombre a todos los pueblos de la tierra, inicia con su bautismo personal aquello para lo que ha nacido: ha venido para estar junto a nosotros, para enseñarnos el camino de la vida y del amor de Dios, y sobre todo, para dignificar nuestra existencia, divinizarla y darle otro color.

Se involucra de lleno en aquello que Dios le pide. Se abre el cielo, una vez más, no para entrar en el seno virginal de María, y sí para caminar por las entrañas de la tierra ofreciendo esperanza e ilusión a todo aquel que la ha perdido.

Aquel Niño que nació en una noche estrellada y silenciosa, hablará con fuerza sobre el amor y la justicia. Nos dirá que el perdón es distintivo de aquellos que se dicen amigos suyos y, sobre todo, nos invitará a ser testigos de lo que Él dice, forja y enseña.

Escuchamos, una vez más, que somos hijos preferidos por parte de Dios, que nos ama pero, que hemos de intentar practicar aquello que Jesús nos dice. Y que, su misión, es nuestra misión. Que su locura, ha de ser nuestra locura. Que su fin, ha de ser nuestro fin. Que su camino, ha de ser el nuestro. El Bautismo del Señor es descubrir el sentido de nuestro propio bautismo.

A una con el Señor, renovemos en el inicio de este año 2017, sumergidos en la gracia, nuestro deseo de que la presencia de Dios en nuestra vida sea algo real, vivo, visible y testimonial. Y es que es un momento propicio para que los cristianos nos pongamos de una vez por todas las pilas y sepamos en quién creemos, por qué creemos y qué es lo que estamos llamados a ser en medio de este complicado mundo: algo distinto y con tintes divinos.

 

Esta entrada fue publicada en Año de la Fe, Fiestas litúrgicas. Guarda el enlace permanente.