Tiempo Litúrgico: PASCUA

Y ahora, ¿dónde estás?

Una buena pregunta para ponerse a buscar. Porque esa es la primera noticia que los discípulos tienen clara: «No está aquí. Ha resucitado». Y si no está aquí, ¿dónde? La eterna pregunta que nos seguimos haciendo. Te necesitamos, Señor. Y tú nos envías a buscarte. A las Galileas de nuestro siglo XXI. «Allí me veréis». Toda la vida, si hace falta, te buscaremos. Para reconocerte, a veces, en los lugares más inesperados de nuestra vida, en los momentos más sorprendentes de nuestra historia.

El tiempo de Pascua celebra la salida de toda esclavitud. Pascua significa paso, superación de toda dependencia para gustar la libertad interior. Paso del desierto a la Tierra de la Promesa, de vivir a la intemperie a habitar en la casa del Señor. Culmina el tiempo de espera y llega el momento de escuchar la noticia más permanente:¡Cristo ha resucitado! La certeza de la resurrección de Jesús aviva la fe en Él, como compañero de camino.

La resurrección no fue para Jesús un simple retorno a la vida anterior, pues en ese caso se trataría de algo del pasado: hace dos mil años uno resucitó, volvió a su vida anterior, como por ejemplo Lázaro. La Resurrección se sitúa en otra dimensión: es el paso a una dimensión de vida profundamente nueva, que nos toca también a nosotros, que afecta a toda la familia humana, a la historia y al universo. Este acontecimiento, que introdujo una nueva dimensión de vida, una apertura de nuestro mundo hacia la vida eterna, cambió la existencia de los testigos oculares, como lo demuestran los relatos evangélicos y los demás escritos del Nuevo Testamento. Es un anuncio que generaciones enteras de hombres y mujeres a lo largo de los siglos han acogido con fe y han testimoniado a menudo al precio de su sangre, sabiendo que precisamente así entraban en esta nueva dimensión de la vida. También este año, en Pascua resuena inmutable y siempre nueva, en todos los rincones de la tierra, esta buena nueva: Jesús, muerto en la cruz, ha resucitado y vive glorioso, porque ha derrotado el poder de la muerte, ha introducido al ser humano en una nueva comunión de vida con Dios y en Dios. Esta es la victoria de la Pascua, nuestra salvación. Así pues, podemos cantar con san Agustín: “La resurrección de Cristo es nuestra esperanza”, porque nos introduce en un nuevo futuro.

Dejémonos iluminar por el esplendor del Señor resucitado. Acojámoslo con fe y adhirámonos generosamente a su Evangelio, como hicieron los testigos privilegiados de su resurrección; como hizo, algunos años después, san Pablo, que se encontró con el divino Maestro de un modo extraordinario en el camino de Damasco. No podemos tener sólo para nosotros el anuncio de esta Verdad que cambia la vida de todos (1).

“A menudo se ha intentado ocultar la fe en la resurrección de Jesús, e incluso entre los mismos creyentes se ha insinuado la duda. Ha sido por superficialidad, o a veces, por indiferencia, porque nos ocupan miles de cosas que se consideran más importantes que la fe, o por una visión de la vida puramente horizontal. Pero precisamente es la resurrección la que nos da la esperanza más grande, ya que abre nuestra vida y la vida del mundo al futuro eterno de Dios, a la felicidad plena, a la certeza de que el mal, el pecado y la muerte pueden ser derrotados. Y esto nos lleva a vivir con más confianza las realidades cotidianas, a hacerles frente con coraje y compromiso. La Resurrección de Cristo ilumina con una nueva luz estas realidades cotidianas. La resurrección de Cristo es nuestra fuerza!

Los primeros testigos fueron las mujeres. Son ellas las que al amanecer, van al sepulcro para ungir el cuerpo de Jesús, y encuentran la primera señal: la tumba vacía. Son las que ven al mensajero divino que les dice “Jesús de Nazaret, el crucificado, no está aquí, ha resucitado”.

“Las mujeres están impulsadas por el amor y aceptan este anuncio con fe: creen, e inmediatamente lo cuentan, no se lo guardan para ellas. La alegría de saber que Jesús está vivo, la esperanza que llena el corazón, no se pueden contener. Lo mismo tendría que pasar en nuestras vidas. ¡Sintamos la alegría de ser cristianos! Creemos en un Resucitado, que ha vencido el mal y la muerte! Tengamos el coraje de “salir”, para llevar esta alegría y esta luz a todos los rincones de nuestras vidas! La resurrección de Cristo es nuestra mayor certeza, es el tesoro más precioso! ¿Cómo no compartir con otros este tesoro, esta certeza tan hermosas?”…Después de las apariciones a las mujeres hay otras en las que Jesús se hace presente de un modo nuevo: “es el Crucificado, pero su cuerpo es glorioso, no ha vuelto a la vida terrenal, sino a una nueva condición. Al principio, los demás no lo reconocen y sólo a través de sus palabras y acciones se les abren los ojos: El encuentro con el Resucitado transforma da nueva fuerza a la fe, un fundamento inquebrantable. También para nosotros hay muchas señales en las que el Resucitado se hace reconocer: la Sagrada Escritura, la Eucaristía, los demás sacramentos, la caridad, esos gestos de amor que son como un rayo del Resucitado. ¡Dejémonos iluminar por la Resurrección de Cristo y transformar por su poder, para que también a través de nosotros en el mundo los signos de la muerte cedan el paso a los signos de la vida!”.

SER HIJOS ADOPTIVOS DE DIOS ES EL DON MÁS GRANDE DEL MISTERIO PASCUAL

La fe cristiana “se basa en la muerte y resurrección de Cristo, como una casa construida sobre los cimientos: si estos ceden, toda la casa se derrumba. En la cruz, Jesús se ofrece a sí mismo, tomando sobre sí nuestros pecados y descendiendo en el abismo de la muerte y en la resurrección los derrota, los elimina y abre el camino para renacer a una nueva vida”. Con la resurrección de Jesús sucede algo absolutamente nuevo: somos liberados de la esclavitud del pecado y nos convertimos en hijos de Dios, somos engendrados a una nueva vida. ¿Cuando ocurre ésto? En el Sacramento del Bautismo que en la antigüedad, se recibía normalmente por inmersión… después del cual los bautizados salían de la pila y se ponían la nueva vestidura blanca, es decir nacían a una nueva vida, sumergiéndose en la muerte y resurrección de Cristo. En la Carta a los Romanos San Pablo escribe: “Habéis recibido el Espíritu que os hace hijos adoptivos, por medio del cual exclamamos:” ¡Abba! Padre “. El Espíritu que hemos recibido en el bautismo nos enseña, nos empuja a llamar a Dios “Padre” o mejor. “Abbà” que significa “papá”. Así es nuestro Dios: es un papá para nosotros. Este es el don más grande que recibimos del Misterio Pascual de Jesús. Dios nos trata como hijos, nos comprende, nos perdona, nos abraza, nos ama aun cuando nos equivocamos”.

Sin embargo, esta relación filial con Dios “no es como un tesoro que escondemos en un rincón de nuestras vidas: debe crecer, ser alimentada cada día con la escucha de su Palabra, la oración, la participación en los sacramentos, sobre todo la Penitencia y la Eucaristía, y la caridad. ¡Podemos vivir como hijos! Esta es nuestra dignidad, tenemos dignidad de hijos. Comportémonos como verdaderos hijos. Esto significa que cada día tenemos que dejar que Cristo nos transforme …significa tratar de vivir como cristianos, tratar de seguirle, incluso si vemos nuestras limitaciones y nuestras debilidades. La tentación de dejar de lado a Dios para ponernos a nosotros mismos en el centro nos acecha siempre…Por eso tenemos que tener el valor de la fe y no dejarnos llevar por la mentalidad de quien nos dice: “Dios no hace falta, no es importante para ti”. Al contrario, sólo comportándonos como hijos de Dios, sin desanimarnos por las caídas, sintiendo que nos ama nuestra vida será nueva, inspirada por la serenidad y la alegría. ¡Dios es nuestra fuerza! ¡Dios es nuestra esperanza!

“Nosotros somos los primeros que tienen que mantenerse firmes en esta esperanza y ser un signo visible, claro y brillante para todos. El Señor resucitado es la esperanza que no falla, que no defrauda ¿Cuántas veces en nuestra vida las esperanzas se desvanecen? ¿Cuántas veces las expectativas de nuestros corazones no se hacen realidad? La esperanza de los cristianos es fuerte, segura, arraigada en esta tierra, donde Dios nos ha llamado a caminar, y está abierta a la eternidad, porque está fundada en Dios, que es siempre fiel… Ser cristiano no se reduce a seguir unas órdenes: quiere decir estar en Cristo, pensar, actuar y amar como Él, es dejar que él tome posesión de nuestra vida y la cambie, la transforme, para liberarla de la oscuridad del mal y del pecado”.

“A quien nos pide dar cuenta de la esperanza que hay en nosotros, mostremósle a Cristo Resucitado y hagámoslo con el anuncio de la Palabra, pero sobre todo con nuestra vida de resucitados. Mostremos la alegría de ser hijos de Dios, que nos da la libertad de vivir en Cristo, que es la verdadera libertad, la de la esclavitud del mal, del pecado y de la muerte! Miremos a la patria celestial y así tendremos una nueva luz y más fuerza en nuestras tareas y esfuerzos diarios. Es un valioso servicio que tenemos que prestar a este mundo nuestro que a menudo ya no es capaz de levantar la mirada hacia arriba, hacia Dios(2).

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(1)   S.S. Benedicto XVI AG 15/4/2009.
(2)  S.S. Papa Francisco AG 3 y 10/4/2013.

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